sábado, 24 de febrero de 2018

LOS CINCO TORMENTOS

1º El tormento de la angustia. Tres horas duró este martirio de Jesús en el Huerto de los Olivos. Él quiso padecer en su propia persona lo espantoso que es el sufrimiento de la depresión, de la tristeza, de la preocupación. Como tenía que ser el consolador de todos los que tuvieran que pasar por estos espantables tormentos del alma, los padeció primero, para que no haya pena ni angustia que nosotros padezcamos que Él no la haya sufrido primero. Dice la Sagrada Escritura que sufriendo aprendió a comprender a los que sufrimos. De muy pocas personas se cuenta en la historia que hayan tenido una angustia tan espantosa que les haya hecho sudar sangre. Y Jesús la sufrió. En los momentos de tristeza y de depresión pensemos que también, Nuestro Salvador pasó por estos padecimientos y en vez de desesperarnos hagamos lo que hizo Él: oremos con confianza al Padre, y seremos consolados por su gran bondad. San Ignacio dice: "recordemos que Jesús en el Huerto, mientras más grandes eran sus sufrimientos, más y más oraba. Imitémoslo en eso también".

2° El tormento de las humillaciones. Cuando a media noche del Jueves Santo, Judas lo entregó dándole un beso, empezaron para Jesús las horas más humillantes de toda su vida. Un soldado de Caifás le dio un terribilísimo puñetazo en la cara por haber dado una franca respuesta. Luego fueron pasando senadores, soldados y chusma de toda clase a darle puñetazos y a escupirle en la cara. En las horas de la mañana Herodes lo hizo vestir de loco y así lo pasearon por las calles. Los soldados lo coronaron como rey de burlas y vendándole los ojos le daban puñetazos y le decían: "¿Adivine quién le pegó?". Pilatos puso al pueblo a escoger a quién preferían si a Jesús o al bandido Barrabás y el populacho dirigido por escribas y fariseos prefirió a Barrabás. Y al crucificarlo lo colocaron en medio de dos ladrones... Es que Jesús quería sufrir toda la amargura de las más espantosas humillaciones. Al contemplar estos hechos admirables sintamos el deseo de aceptar como Él y por amor a Dios y a las almas, las humillaciones que Dios permita que nos lleguen.

3° El martirio de las injusticias. Jesús soportó en su Sagrada Pasión las mayores injusticias. Caifás y los demás senadores llevaron un montón de testigos falsos que inventaban mentiras y que se contradecían unos a otros, y sin permitir defensa alguna condenaron a Jesús a pena de muerte. Pilatos declaró que no encontraba razón alguna para condenarlo, y sin embrago lo condenó a muerte de cruz. Dijo que Jesús era justo y santo pero lo mandó azotar como si fuera un criminal. Soltaron a Barrabás que había cometido un homicidio, y en cambio a Jesús que no había cometido ni la más mínima falta lo llevaron a crucificar. Y todo eso por nuestros pecados. Porque nosotros juzgamos y condenamos a otros injustamente. Y para enseñarnos a sufrir con paciencia cuando los demás sean injustos en juzgarnos a nosotros.

4° El martirio de la crueldad. Le dieron bofetones. Y el Evangelio emplea para ello una palabra que significa "golpes como para despellejar". Lo azotaron con unos fuetes de correas afiladas, que tenían en los extremos pedacitos de plomo o de huesos. Le clavaron en su sensibilísima cabeza una corona de muy agudas espinas que traspasaron dolorosamente su piel. Todo su cuerpo fue destrozado en su dolorosísima Pasión, y todo esto, para pedir perdón al Padre Dios por los pecados que cometemos dando gusto a las pasiones desordenadas de nuestro cuerpo, y para enseñarnos que debemos hacer algún sacrificio de vez en cuando para dominar las malas inclinaciones de nuestra carne.


5° El martirio de la cruz. Pensemos en los dolores que sufrió cuando al llegar al Calvario le arrancaron su túnica que estaba pegada a la sangre que había derramado en la flagelación y así le arrancaron partes de su piel, con gran dolor.

Pensemos en aquellos martillazos que fueron dando en los clavos de sus manos y de sus pies, y cómo Él "con gran clamor y muchas lágrimas clamaba al Padre Dios" (Hb 5, 7). Taladraron sus manos y sus pies y se podían contar sus huesos (Salmo 21). Al meditar en los dolores tan intensos que en aquellas horas de la cruz sufrió en las heridas de sus manos y de sus pies, excitemos nuestro corazón a amar más y más a tan buen Redentor que ha derramado hasta la última gota de su sangre para salvarnos. Preguntémosle: "¿Por quién sufres buen Jesús?", y Él nos responderá: "Por tus pecados, por salvarte, por llevarte al cielo". Y digámosle que lo amamos, que le damos gracias, que queremos morir antes que volver a ofenderlo con el pecado. Al meditar en Jesús crucificado hagamos actos de arrepentimiento por haberlo ofendido, y propósitos de enmendar nuestra vida de ahora en adelante. Un arrepentimiento que no provenga de la meditación en la Pasión y Muerte de Cristo, es un arrepentimiento que poco logrará que se obtenga la conversión.


Sintamos consuelo y esperanza al pensar que Cristo Jesús con su muerte pagó nuestros pecados, aplacó la justa irá de Dios (Ef 6) y abrió para nosotros las puertas del Paraíso Eterno. Pensemos que la mejor consecuencia que podemos obtener de la meditación en la sagrada Pasión de Jesucristo es adquirir un odio total al pecado, una repugnancia absoluta hacia todo lo que sea ofensa de Dios y un deseo intenso de luchar contra todas aquellas pasiones y malas inclinaciones que nos conducen a cometer faltas y desagradar a nuestro Salvador.

Pensemos: Jesucristo, el Hijo de Dios, el Creador y dueño de todo lo que existe aceptó con paciencia esta muerte tan ignominiosa a manos de sus creaturas, ¿y yo no voy a aceptar que las gentes me ofendan, me humillen y me traten mal? Jesús padeció tan espantosas angustias, con tal de salvarnos, ¿y yo no aceptaré las penas de cada día con tal de ayudarle a salvar almas? ¿Qué haré yo para demostrar mi gratitud a este gran amigo que tan enormes sacrificios ha hecho por conseguir mi salvación?


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