sábado, 24 de febrero de 2018

La desconocida matanza en la que Inquisición quemó vivos a 54 templarios por herejes y sodomitas

«Ni uno solo de ellos -no hubo excepción- reconoció ninguno de los crímenes de los que se les imputaba, sino que, al contrario, persistieron en sus negativas, diciendo siempre que se les condenaba a muerte injustamente». El cronista Guillaume de Nangis fue claro a la hora de rubricar el desmán que se había materializado contra los 54 caballeros templarios que, el 12 de mayo de 1310, fueron quemados en una hoguera cercana a París por herejes y sodomitas.

Esta matanza indiscriminada, pues algunos historiadores afirman que no hubo juicio previo contra los conocidos como los «Pobres caballeros de Cristo», fue uno de los puntos culminantes de una persecución contra la Orden del Temple que el monarca galo Felipe IV inició en 1307 temeroso de que el grupo acabara atesorando más poder que la mismísima Francia.

Esta injusticia contra la Orden del Temple no fue la única perpetrada por la Inquisición gala. Según desvela Jesús Ávila Granados en su obra «La mitología templaria», un total de 638 caballeros de esta congregación fueron «interrogados, torturados, o quemados vivos por la comisión pontificia durante los procesos inquisitoriales de acoso a la orden». No en vano, el 22 de febrero de 1312 (tras el concilio de Vienne) el grupo fue suspendido y la mayor parte de sus bienes transferidos a «la France».


Y todo ello, con la complicidad del Papa Clemente V. «El Pontífice suprimió la orden sin pronunciar una sentencia, y durante el citado concilio el Papa pidió públicamente que fuese declarado en las actas que el proceso no había aportado pruebas concluyentes de herejía contra estos caballeros», afirma la estudiosa de los templarios Bárbara Frale en sus obras.

Buenos años
El Temple, la que acabó siendo la orden más rica y destacada de Europa, tuvo un origen paupérrimo. Fue formada en el siglo XII por apenas nueve valientes caballeros que se propusieron defender a los peregrinos europeos de las tribus árabes que les robaban y asesinaban de forma sistemática en su camino a Jerusalén (la ciudad más sagrada para judíos, cristianos y musulmanes). En las páginas de la historia quedaron grabados para siempre los nombres de los dos cabecillas de este grupo: Hugo de Payens y Godofredo de Saint-Ademar.

«En aquel entonces reinaba Balduino I, quien brindó una calurosa acogida a los “Pobres soldados de Cristo”, […] como se hacían llamar. Pasaron nueve años en Tierra Santa, alojados en una parte del palacio, que el rey les cedió, justo encima del antiguo Templo de Salomón (de ahí el nombre de Caballeros del Temple)», desvela el investigador Rogelio Uvalle en su obra «Historia completa de la Orden del Temple».



Sin embargo, la que había comenzado como una de las órdenes más pobres de Tierra Santa comenzó poco después su viaje hacia la cima del poder político y económico tras lograr que decenas de caballeros europeos se unieran a sus filas y atesorar una gran financiación de la Iglesia.

«Además de las generosas donaciones de las que se iba a beneficiar la orden, también se concedieron una serie de privilegios ratificados por bulas […]. En ellas se concedía a los templarios una autonomía formal y real respecto a los obispos, estando tan solo sometidos a la autoridad del Papa. Tampoco estaban sujetos a la jurisdicción civil y eclesiástica ordinaria. […] También podían recaudar y recibir dinero de diferentes formas, entre ellas el derecho a percibir el ébolo, la limosna de las iglesias, una vez al año», explica el divulgador histórico José Luis Hernández Garvi en su obra «Los Cruzados de los reinos de la Península Ibérica» (editado por Edaf).




Estas ventajas fiscales permitieron a los templarios atesorar una ingente cantidad de riquezas y propiedades tanto en Tierra Santa como en el Viejo Continente. No en vano, en el año 1250 la Orden era una auténtica potencia económica que contaba (según Uvalle) con 9.000 granjas y casas rurales, un ejército de 30.000 hombres, más de medio centenar de castillos, una flota propia de barcos y la primera banca internacional.

«Conforme crecía en poder y riqueza, la Orden comenzó a ofrecer una estructura de progreso comparable a la de la Iglesia. Muy pronto, los grandes maestre de las órdenes militares se convirtieron en figuras importantes no solo en Siria y Palestina, sino también en Europa occidental. Los maestres provinciales y otros oficiales, con enormes recursos a su disposición, adquirieron el mismo estatus de sus pares más altos en el reino. Su fama de honestidad y buen juicio los convirtió en asesores de confianza de papas y reyes», explica Piers Paul Readen «Los templarios, monjes y guerreros.

Caída del Temple
Tal era su riqueza, que algunos reyes como Felipe IV de Francia pidieron préstamos a la Orden y se convirtieron en sus deudores. Una ventaja que, aparentemente, les convertía en intocables, pero que acabó volviéndose en su contra. Y es que, cansado el monarca del gran poder militar y económico que estaban acumulando los «Pobres caballeros de Cristo», así como de la cantidad de oro que les debía, decidió iniciar una persecución contra ellos en 1307.

Oficialmente les acusó de blasfemia, herejía, sodomía y homosexualidad. Sin embargo, la realidad era que esta congregación contaba con un poder equivalente (casi) al del mismísimo monarca. El mandamás logró además conseguir para su causa al futuro Clemente V. Un arzobispo pusilánime que se vio aupado hacia el papado de manos del franchute.

«Conocido por el nombre de Clemente V, Bertrand de Got era sin duda consciente de que su ascenso al trono de sumo pontífice no se debía a ninguna cualidad positiva sino a que era el candidato menos objetable para los diferentes bandos involucrados. El rey Felipe de Francia tenía razones para pensar que el nuevo Papa le respondería. El rey Eduardo I de Inglaterra le demostró su conformidad por la designación del hijo de uno de sus vasallos con valiosos presentes que le ofreció en Burdeos y en Lyon durante su coronación. Para los italianos, sin embargo, Clemente V fue el títere del rey Felipe, una impresión corroborada, a su entender, por el hecho de que jamás como Papa puso un pie en Roma», determina el experto en su mencionada obra.



En cualquier caso, el 13 de octubre de 1307 la mayoría de los templarios franceses fueron apresados por la Inquisición. Desde el caballero más pobre, hasta el gran maestre Jacques de Molay. Y, por si fuera poco, sus bienes fueron requisados. La orden de hacerles presos les acusaba de herejes, de practicar en secreto ritos paganos (entre ellos, escupir sobre la Santa Cruz), de abandonar la fe cristiana, de sodomía y, en definitiva, de cuanto se le pasó por la cabeza al monarca galo.

En noviembre, a su vez, se redactó la bula «Pastoralis Praemeninciae», en la que se ordenaba a todos los príncipes cristianos arrestar a los templarios. Curiosamente, apenas un año antes el mandamás de la orden había arribado a la capital de Francia tras combatir en Tierra Santa con 150.000 florines de oro y 10 mulas cargadas de plata.

En las semanas posteriores la Inquisición francesa desató la barbarie contra los templarios. Los prisioneros fueron separados en celdas individuales y fueron interrogados por las autoridades reales en primer lugar, y por las religiosas después. El objetivo era que confesasen las falsas tropelías que habían cometido. Y así lo hicieron muchos, tras multitud de horas sufriendo torturas.



«Ciento cuarenta interrogatorios en París (octubre-noviembre de 1307), más setenta y dos testigos oídos en la Curia (junio de 1308), más quinientos noventa y cinco reunidos en París (marzo de 1310), más trece interrogatorios en Caen, más cuarenta y cinco en Cahors, más seis en Carcasona, más siete en Bigorre, más sesenta y ocho en Clermont (junio de 1309), suman un total de novecientos cuarenta y seis, pero son listas que se superponen», explica Marion Melville en sus libros sobre esta orden.

Con todo, fueron muchos los templarios que, tras verse obligados a confesar falsedades, terminaron retractándose. Uno de ellos fue Ponsard de Gisy, quien dejó claro que no le había quedado más remedio que declararse culpable: «Todas las acusaciones de renegar de Jesucristo, escupir, sodomía y otras barbaridades son falsas, y que todo lo que los hermanos de la Orden e, incluso, yo mismo han confesado es falso, y que lo han hecho porque han sido torturados».

Matanza
Dos años después de que comenzara aquella persecución indiscriminada contra la Orden, la situación no era del todo propicia para Felipe IV. Y es que, a pesar de sus regios dictados y de contar con el apoyo del Papa, los procesos contra los templarios se habían dilatado hasta desesperar al monarca.

Por ello, en 1310 el rey decidió acabar de una vez por todas con aquellos molestos caballeros a través de Felipe de Marigny, el arzobispo de Sens. Un religioso que le debía un favor al mandamás. «El arzobispo había mejorado su posición gracias a la influencia de su hermano, Enguerrand de Marigny […]. A petición de Enguerrand el rey había obtenido del Papa el nombramiento de Felipe en Sens; éste, por lo tanto, se hallaba en deuda con el rey y con su hermano», explica Read.

En un burdo intento de acabar rápidamente con la Orden, y aprovechando que el arzobispo de Sens era el encargado de juzgar a los templarios arrestados en París, Felipe IV ordenó a Felipe de Marigny encausar a varios caballeros del temple y acabar con ellos. Al parecer ambos usaron una argucia legal, pues el arzobispo solo podía cargar contra aquellos criminales cuyos crímenes fueran independientes, y le imposible impartir justicia en un proceso común como era el de los «Pobres caballeros de Cristo». Pedro de Bolonia, defensor del grupo, señaló a la comisión papal encargada de dirimir la culpabilidad del Temple que la petición era absurda, pero no sirvió de nada.



«El presidente de la comisión, Gilles Aicelin, arzobispo de Narbona, se excusó allí mismo de considerar la petición argumentando que “tenía que celebrar o escuchar misa”. Los miembros restantes de la comisión tuvieron que decidir que, si bien sentían considerable simpatía por los Templarios, los procedimientos de la comisión papal y del concilio designado por el arzobispo de Sens eran “completamente diferentes y separados uno del otro”», explica Read en «Los templarios, monjes y guerreros».

El 11 de mayo de 1310, en ausencia del presidente, la comisión se reunió para tomar declaración a los caballeros del Temple. Todo parecía normal. Sin embargo, y durante una pausa del procedimiento, se anunció que 54 de los templarios presentes se habían retractado de sus confesiones. No podían haber cometido un error mayor, pues de esta forma la justicia tenía potestad para cargar contra ellos acusándoles de herejes impenitentes (un cargo que implicaba la muerte). Los defensores enviaron emisarios al encargado de dictar sentencia arguyendo que, a pesar de lo que se afirmaba, muchos de los presos habían jurado en prisión (y bajo tortura) que los cargos contra la Orden eran falsos. Nuevamente fue en vano.

La intervención de los emisarios fue ignorada y, el 12 de mayo, el medio centenar de reos fue dirigido en carretas hacia un campo ubicado en las cercanías del convento de Saint-Antoine. Allí fueron quemados vivos. El sufrimiento, no obstante, no les impidió negar una y otra vez las acusaciones.

Así lo afirmó el cronista Guillaume de Nangis: «Ni uno solo de ellos -no hubo excepción- reconoció ninguno de los crímenes que se les imputaba, sino que, al contrario, persistieron en sus negativas, diciendo siempre que se les condenaba a muerte sin causa e injustamente, lo que mucha gente pudo comprobar, no sin gran admiración y una inmensa sorpresa». La barbarie de la Inquisición no se detuvo en este punto ya que, en las jornadas posteriores, fueron ajusticiados varios caballeros más.



A día de hoy, con todo, existe bastante confusión en torno a la fecha en la que estos caballeros templarios fueron quemados. Y es que, algunas fuentes afirman que fueron ajusticiados durante el año 1311. Sin embargo, autores como el medievalista Malcolm Barber señalan en su obra «The Trial of the Templars» que esta matanza aconteció en 1310. De su lado están también Read o Michael Haag (quien deja patente su opinión en «Templars: History and Myth: From Solomon's Temple to the Freemasons»). También son partidarios de esta teoría los autores de «Templarios, del origen de las cruzadas al final de la orden del Temple» (editado por el Canal Historia).

Uno de los testimonios originales que acredita que esta masacre fue perpetrada en 1310 es el del caballero templario Emery de Villars-le-Duc. Este cincuentón declaró el 13 de mayo de ese mismo año ante la comisión papal, y sus palabras quedaron recogidas para la posteridad por sus interrogadores. En el informe oficial se explica que este miembro de la orden afirmó «pálido y muy asustado, deponiendo bajo juramento y con peligro de su alma, pidiendo, si mentía, morir de repente», que «todos los errores imputados a la Orden eran falsos». Sin embargo, «añadía que habiendo visto llevar en carreta cincuenta y cuatro hermanos de la Orden que no habían querido confesar, algunos en medio de las torturas» para ser quemados vivos, estaba dispuesto a admitir cualquier acusación para no morir.

Juicio completo a Villars-le-Due
El martes 13 de mayo, ante los comisarios fue presentado Emery de Villars-le-Duc; barba rasa, sin manto ni hábito del Temple, de edad según decía de cincuenta años, habiendo estado unos ocho años en la orden como hermano sirviente y veinte como caballero. Los señores comisarios le explicaron los artículos sobre los cuales debía ser interrogado.

Pero dicho testigo, pálido y muy asustado, deponiendo bajo juramento y con peligro de su alma, pidiendo, si mentía, morir de repente y ser en alma y cuerpo en presencia de la comisión sepultado en el infierno, golpeándose el pecho con los puños, doblando las rodillas y alzando las manos hacia el altar, dijo que todos los errores imputados a la orden eran falsos, aunque hubiera confesado algunos en medio de las torturas a que le habían sometido Guillermo de Marcillac y Hugo de Celles, caballeros del rey.

Añadía, no obstante, que habiendo visto llevar en carretas para ser quemados cincuenta y cuatro hermanos de la Orden que no habían querido confesar dichos errores, y habiendo oído decir que los habían quemado, él, que temía, en caso de ser condenado, no tener bastante fuerza ni paciencia, estaba dispuesto a confesar y jurar por temor, ante los comisarios u otras personas, todos los errores imputados a la orden, y decir incluso, si así lo querían, que había dado muerte a Nuestro Señor.

Suplicaba y conjuraba a dichos comisarios y a nosotros, notarios presentes, no revelar a las gentes del rey lo que acababa de decir, temiendo, dijo, que si tenían conocimiento de ello, le entregasen al mismo suplicio que los cincuenta y cuatro templarios.

Los comisarios, viendo el peligro que amenazaba a los testigos si ellos continuaban oyéndolos bajo este terror, y conmovidos además por otras causas, resolvieron sobreseer por el momento.

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