lunes, 18 de diciembre de 2017

Don Fernando Pinto Pereira de Sousa Fontes

S. A. E. Excmo. Sr. Don Fernando Pinto Pereira de Sousa Fontes
Gran Maestre de la OSMTH






El Gran Maestre de la OSMTH es el único sucesor y legítimo descendiente directo del espíritu y las tradiciones de la caballería medieval y de la Orden del Temple.










La OSMTH se compone de creyentes pertenecientes a confesiones cristianas reconocidas como tales, cuyos miembros forman parte del movimiento ecuménico y en comunión, practican el apostolado de los laicos según la liturgia.





Non Nobis Domine, Non Nobis, Sed Nomini Tuo Da Gloriam

La Regla Primitiva de la Orden del Temple

REGLA DE LOS POBRES CONMILITONES DE CRISTO Y TEMPLO DE SALOMÓN
DE LA SANTA CIUDAD DE JERUSALÉN
(REGLA DE LA ORDEN DE LOS CABALLEROS TEMPLARIOS)

Historia de los caballeros templarios - Reglas de la Orden del TempleI. Cómo se ha de oír el oficio divino.
Vosotros, que en cierta manera renunciasteis la propia voluntad, y los demás, que por la salvación de las almas militáis sirviendo al Rey supremo con caballos y armas, procurad universalmente con piadoso y puro afecto oír los maitines y todo el oficio divino, según la canónica institución y costumbre de los doctos regulares de la santa iglesia de Jerusalén. Y por esto, ¡o venerables hermanos! a vosotros muy en particular os toca, porque habiendo despreciado el mundo y los tormentos de vuestros cuerpos, prometisteis tener en poco al mundo por el amor de Dios; y así fortalecidos y saciados con el divino manjar, instruidos y firmes en los preceptos del Señor, después de haber consumado y asistido al misterio divino, ninguno tema la pelea, sino esté apercibido para conseguir la victoria y la corona.
II. Que digan las oraciones dominicales, si no pudieren asistir al oficio divino.
A más de esto, si algún hermano estuviere distante o en país remoto en negocio de la cristiandad, (que sucederá muchas veces) y por tal ausencia no oyere el Oficio divino, por los maitines dirá trece padres nuestros, u oraciones dominicales, y siete por cada una de las horas menores, y por las vísperas nueve, respeto a que ocupados éstos en tan saludable trabajo no pueden acudir a hora competente al Oficio divino, pero si pudieren que lo hagan a las horas señaladas.
III. Qué se haya de hacer por los hermanos difuntos.
Cuando alguno de los hermanos muriere, que la muerte a nadie perdona ni se escapa de ella, mandamos que con los clérigos y capellanes que sirven a Dios sumo sacerdote, ofrezcáis caritativamente con ellos y con pureza de ánimo el oficio y misa solemne a Jesucristo por su alma; y los hermanos que allí estuviereis pernoctaréis en oración por el alma de dicho difunto, rezando cien padresnuestros hasta el día séptimo, los cuales se han de contar desde el día de la muerte, o desde que se supiere, haciéndolo con fraternal observancia porque el número de siete es número de perfección. Y todavía os suplicamos con divina caridad, y os mandamos con paternal autoridad, que así como cada día se le daba a nuestro hermano lo necesario para comer y sustentar la vida, que esta misma comida y bebida se dé a un pobre hasta los cuarenta días; y todas las demás oblaciones que acostumbrabais hacer por dichos hermanos, así en la muerte de algunos de ellos, o como en las solemnidades de pascua, del todo las prohibimos.
IV. Los capellanes solamente tengan comida y vestido.
Mandamos que todas las oblaciones y limosnas que se hicieren a los capellanes, o a otros que estén por tiempo determinado, sirvan para todo el cabildo, y que los servidores de la iglesia tan solamente tengan, según su clase, comida, vestido, y lo que cristianamente les diere de su voluntad el Maestre.
V. De cuando muriere uno de los soldados que asisten con los templarios.
Hay también soldados en la casa de Dios y templo de Salomón que viven con nosotros, por lo cual os suplicamos rogamos y os mandamos, con inefable conmiseración, que si alguno de estos muriere, se le dé a un pobre por siete días de comer, por su alma, con divino amor y fraternal piedad.
VI. Que ningún hermano templario haga oblación.
Determinamos, como se dijo arriba, que ninguno de los hermanos perpetuos presuma hacer otra oblación, sino que permanezca día y noche en su profesión con limpio corazón, para que en esto pueda igualarse con el más sabio de los profetas, que en el salmo 115 decía: "Beberé el cáliz de salud e imitaré en mi muerte la muerte del Señor", porque así como Cristo ofreció por mi su alma, así estoy pronto a ofrecerla por mis hermanos y he aquí una competente oblación, y hostia viva que place a Dios.
VII. De lo inmoderado de estar en pié.
Habiéndonos dicho un verdadero testigo que oís todo el Oficio divino en pié, mandamos no sólo que lo hagáis, antes lo vituperamos, y prevenimos que concluido el salmo Venite exultemus domino, con el invitatorio e himno, todos os sentéis, los débiles como los fuertes, y os lo mandamos por evitar el escándalo; y estando sentados sólo os levantéis al decir Gloria patri concluido el salmo, suplicando vueltos al altar, bajando la cabeza por reverencia a la Santísima Trinidad nombrada, y los débiles basta que hagan la inclinación sin levantarse; al Evangelio, al Te Deum laudamus, y durante los Laudes, hasta el Benedicamus Domino, estaréis en pié, y lo mismo en los maitines de Nuestra Señora.
VIII. De la comida en refectorio.
Creemos que comeréis en refectorio; cuando alguna cosa os faltare y tuviereis necesidad de ella, si no pudierais pedirla por señas, pedireisla silenciosamente, y así siempre que se pida algo estando en la mesa ha de ser con humildad y rendimiento, como dice el apóstol "come tu pan con silencio" y el salmista os debe animar diciendo: "Puse a mi boca custodia o silencio", que quiere decir: deliberé no hablar, y guardé mi boca por no hablar mal.
IX. De la lectura o lección cuando se come.
Siempre que se coma se leerá la santa lección; si amamos a Dios debemos desear oír sus santos preceptos y palabras; y así el lector hará señal para que todos guarden silencio.
X. Del comer carne en la semana.
En la semana, si no es en el día de Pascua, de Navidad, Resurrección, o festividad de nuestra Señora, o de todos los Santos, basta comerla tres veces o días en ella, porque la costumbre de comerla se entiende es corrupción de los cuerpos. Si el martes fuere de ayuno, el miércoles se os dará comida más abundante. En el domingo, así a los caballeros, como a los capellanes, se les dé dos platos en honra de la santa Resurrección; los demás sirvientes se contentarán con uno y den gracias a Dios.
XI. Cómo deben comer los caballeros.
Conviene en general coman de dos en dos para que con cuidado se provean unos a otros, y no se introduzca entre ellos la aspereza de vida y la abstinencia en todo; y juzgamos justo que a cada uno de dichos caballeros se les den iguales porciones de vino.
XII. Que en los demás días basta darles dos o tres platos de legumbres.
En los demás días, como son lunes, miércoles y sábados, basta dar dos o tres platos de legumbres u otra cosa cocida, para que el que no come de uno coma de otro.
XIII. Qué conviene comer los viernes.
El viernes comerá sin falta de cuaresma toda la congregación, por la reverencia debida a la pasión, excepto los enfermos y flacos; y desde todos Santos, hasta Pascua, a excepción del día del nacimiento del Señor, o festividades de nuestra Señora o Apóstoles, alabamos al que no comiere más que una vez al día; en lo restante del año, si no fuere día de ayuno, hagan dos comidas.
XIV. Después de comer, que den gracias a Dios.
Después de comer y cenar, si la iglesia está cerca, y si no en el mismo lugar, den gracias a Dios que es nuestro procurador, con humilde corazón; y mandamos igualmente que a los pobres se les den los fragmentos, y que se guarden los panes enteros.
XV. Que el décimo pan se dé al limosnero
Aunque el premio de la pobreza es el reino de los cielos, y sin duda será para los pobres, mandamos a vosotros dar cada día al limosnero el diezmo de todo el pan que os dieren.
XVI. Que la colación sea al arbitrio del Maestre.
Habiéndose puesto el Sol, oída la señal según la costumbre de esa religión, conviene que todos vayan a completas. Pero antes de ellas deseamos que tomen una colación en comunidad. Esta refracción la dejamos al arbitrio del Maestre, y que en ella se beba agua o vino aguado como él dispusiere, mas que no sea con demasía, que también los sabios vemos desdicen de su conducta y comportamiento con el uso extremado del vino.
XVII. Que se guarde silencio después de completas.
Acabadas las completas, conviene que se vayan a acostar. Después de salir de ellas ninguno hable en lugares públicos si no hubiere necesidad, y lo que se hablare con su escudero, sea en voz baja. Si alguna vez fuese muy preciso que alguno de vosotros, juntos o separadamente, tuviereis de hablar al Maestre, o al que ejerce sus funciones en casa, del estado de la guerra, o de los negocios del monasterio, por no haber tenido lugar en todo el día, mandamos que se haga con las precisas palabras y guardando el posible silencio, porque escrito está: Que en el mucho hablar no faltará pecado; y que también: la muerte y la vida están en la lengua. En aquella junta prohibimos las chanzas y palabras ociosas que ocasionan rizas; y mandamos que si alguno hubiere hablado con poca atención, rece al irse a acostar un Paternoster con toda humildad y devoción.
XVIII. Los que se hallaren cansados no se levanten a maitines.
Porque no es justo que los que se hallaren fatigados se levanten a maitines, mandamos que con licencia del Maestre o del que ocupare su lugar, descansen, y después canten las trece oraciones señaladas, de suerte que se ajuste a las voces la atención, según lo que dice el Profeta: Cantad al Señor sabiamente; y en otra parte: Tendré presente los ángeles cuando cantare tus alabanzas. Esto sea siempre a arbitrio del Maestre.
XIX. Que se guarde igualdad en la comida.
Léese en las sagradas Letras que se daba a todos según lo que había menester cada uno. Por eso mandamos que no se haga excepción de personas, y no se atienda a más que a las necesidades. Y así el que ha menester menos, dé gracias a Dios, y no se entristezca por lo que a otro dieren; y el que necesita más, humíllese por su flaqueza, y no se ensoberbezca por la misericordia que con él se usa, y así vivirán en paz todos los individuos de este cuerpo religioso. Prohibimos se singularice alguno en las mortificaciones, y mandamos que guarden todos vida común.
XX. Del vestido.
Los vestidos sean siempre de un color, blanco o negro, o por mejor decir de buriel. A todos los caballeros profesos señalamos que en verano y en invierno lleven, por poco que puedan, el vestido blanco; pues dejaron las tinieblas de la vida seglar, se conozcan por amigos de Dios en el vestido blanco y lucido. ¿Qué es el color blanco sino entera pureza? La pureza es seguridad del ánimo, salud del cuerpo. Si el religioso militar no guardare pureza, no podrá llegar a la eterna felicidad y vista de Dios, afirmando el apóstol San Pablo: Guardad con todos paz, guardad pureza, sin la cual ninguno verá al Señor. Mas porque con este vestido no se ha de mostrar vanidad ni gala, mandamos que sea de tal hechura que cualquiera solo y sin fatiga se pueda vestir y desnudar, calzar y descalzar. El encargado de dar los vestidos, cuide que ni vengan largos, ni cortos, sino ajustados al que haya de usarlos. Al recibir un vestido nuevo vuelvan el que dejan, para que se guarde en la ropería, o donde señalare el que cuide de esto, a fin de que se aprovechen para los escuderos, criados y algunas veces para los pobres.
XXI. Que los criados no lleven el vestido o capas de color blanco.
Prohibimos absolutamente que puedan los criados y escuderos usar vestidos blancos, porque de este abuso se siguieron graves inconvenientes. Levantáronse en las partes ultramontanas falsos hermanos unos y otros casados, que se llamaban del Templo siendo del mundo. Éstos pues ocasionaron muchos daños y persecuciones a la caballería. Y los demás criados ensoberbeciéndose causaron no pocos escándalos. Usen pues vestidos negros, o si no se hallaren de este color, vistan del más obscuro y basto que se pudiera hallar.
XXII. Que sólo los religiosos profesos vistan de blanco.
A ninguno pues le sea licito traer mantos blancos o capas de este color, sino a los Caballeros perpetuos de Cristo.
XXIII. Que usen de pieles de corderillas.
Determinamos de común consentimiento, que ninguno use pieles preciosas para vestido común, ni para cobertor de la cama, sino de pieles de corderillos o carneros.
XXIV. Que los vestidos viejos se den a los escuderos.
Procure el ropero distribuir con igualdad los vestidos viejos a los escuderos, criados y a los pobres.
XXV. Que al que quisiese el mejor vestido se le dé el peor.
Si alguno pretendiera, como debido a su persona o con ánimo soberbio, los vestidos mas nuevos y curiosos, por tal pretensión se le den los peores.
XXVI. Que se guarde cantidad y calidad en los vestidos.
Conviene que el que distribuya los vestidos procure darlos ajustados a la estatura de cada uno, y que ni sean más anchos ni más cortos de lo que sea menester.
XXVII. Que el que distribuya los vestidos guarde igualdad.
En lo largo de los vestidos, como se dijo arriba, procure con amor fraternal ajustados a la medida, para que los ojos de los murmuradores y que censuran no tengan que notar. Y en todo considere la justicia e igualdad de Dios.
XXVIII. De los cabellos largos.
Todos, principalmente los que no estén en campaña, conviene que lleven cortado el cabello con igualdad y con un mismo orden, y guárdese lo mismo en la barba y aladares para que no se vea el vicio de la gala y demasía.
XXIX. De las trenzas y copetes.
No hay duda que es de gentiles llevar trenzas y copetes; y pues esto parece tan mal a todos, lo prohibimos y mandamos que ninguno traiga tal aliño. Ni tampoco las permitimos a los que sólo sirven por determinado tiempo en esta Orden. Y mandamos que no lleven crecido el cabello, ni los vestidos demasiadamente largos, porque a los que sirven al Sumo Criador les es muy necesaria la interior y exterior pureza, afirmándolo así cuando dice : Sed puros porque yo lo soy.
XXX. Del número de caballos y escuderos.
Cada uno do los soldados puede tener tres caballos, porque la mucha pobreza de la casa de Dios y Templo de Salomón no da lugar a que por ahora sea mayor el número, a no ser con licencia del Maestre.
XXXI. Que ninguno castigue al escudero que sirve sin salario.
Por la misma causa concedemos a cada uno de los caballeros un escudero solamente. Pero si este sirviere sin estipendio, graciosamente, o por amor de Dios, no le es lícito a alguno maltratarle o castigarle.
XXXII. Cómo se hayan de recibir los que quieran servir en la Orden por tiempo señalado.
Todos los soldados que con intención pura deseen militar en servicio de Dios nuestro Señor en su santa casa por tiempo determinado, compren caballos y armas a propósito para las ocasiones que cada día se ofrecen, y todo lo necesario para este efecto. A más de esto, guardándose igualdad por entre ambas partes, juzgamos útil y conveniente se aprecie el coste de los caballos y se note con cuidado. Désele después con toda caridad y según permitieren las rentas de la casa, todo lo demás que hubiere menester el soldado para sí, o para el caballo y escudero. Mas si por algún suceso perdiere el caballo en servicio de la Orden, el Maestre le dará otro, según permitiere la renta del Convento. Pero llegado el tiempo en que ha de volverse a su patria, el soldado perdone por amor de Dios la mitad del precio de su caballo y la otra parte, si quisiere, puede pedirla a la comunidad y debe entregársele.
XXXIII. Que ninguno obre según su propia voluntad.
Conviene que los religiosos militares, que ninguna cosa buscan y aman más que a Cristo, obedezcan siempre al Maestre en cumplimiento del instituto que profesan por la gloria de Dios o por el temor del infierno. Esta obediencia debe ser tal como si lo mandara el mismo Dios, que es a quien representa el Maestre o el que hace sus veces, y a fin de que pueda aplicárseles lo que dice la Suma verdad: en oyéndome me obedeció.
XXXJV. Si pueden salir por el lugar sin orden del Maestre.
Tanto a los fieles o hermanos perpetuos que renuncian su propia voluntad como a los demás que sirven por término señalado en esta milicia, les rogamos encarecidamente y mandamos que sin licencia del Maestre no anden por el lugar sino es para visitar el Santo sepulcro y demás lugares piadosos.
XXXV. Si pueden ir solos.
Los que salieren con el objeto que se ha dicho en el capítulo anterior, no vayan ni de día ni de noche sin compañía, esto es, sin otro Caballero o religioso de los perpetuos. Cuando estuvieren en el ejército, después que estén alojados, ningún soldado o escudero ande por los cuarteles de los demás para ver o hablar con otro, sino con licencia, como se ha dicho. Y así de común consentimiento ordenamos que ningún soldado de esta Orden milite a su arbitrio, sino que se sujete enteramente a lo que el Maestre ordenare, para seguir aquel consejo del Señor: No vine a hacer mi gusto, sino e! de quien me envió.
XXXVI. Que ninguno busque singularmente lo que hubiere menester para sí.
Mandamos que entre las demás buenas costumbres se observe la de no procurarse cada uno sus comodidades. Ninguno pues de los militares perpetuos busque para sí caballos y armas. ¿Cómo pues se ha de portar? Si sus achaques, o las pocas fuerzas del caballo, o el peso de las armas es de tal suerte que el ir con ellas sea de daño común, represéntelo al Maestre o al que ocupare su lugar, y propóngale con sencillez el inconveniente. Y quede a la disposición o voluntad del Maestre, y, después de él, al arbitrio del mayordomo, lo que hubiere de hacerse.
XXXVII. De los frenos y espuelas.
Mandamos que de ninguna suerte se lleve oro o plata (que es lo especialmente precioso) en los frenos, pectorales, espuelas y estribos; ni sea lícito a alguno de los militares profesos o perpetuos comprarlos. Pero si de limosna se les diere alguno de estos instrumentos viejos y usados, cubran la plata y oro de suerte que su lucimiento y riqueza a nadie parezca vanidad. Pero si los que se dieran son nuevos, el Maestre disponga de ellos a su arbitrio.
XXXVIII. Que las lanzas y escudos no tengan guarniciones.
No se pongan guarniciones en lanzas ni escudos, porque esto no sólo no es de utilidad alguna, antes se reconoce como cosa dañosa a todos.
XXXIX. De la potestad del Maestre.
Puede el Maestre dar caballos y armas y todo lo que quisiere y a quien gustare.
XL. De la cota y maletas.
A nadie se concede tener cota y maleta con propiedad. Ninguno pueda usar de ellas sin licencia del Maestre o del que tiene su lugar en los negocios de casa. En esta disposición no se incluyen los procuradores, y los que viven separados en varias tierras, ni los Maestres provinciales.
XLI. De las cartas.
Ninguno de los religiosos puede recibir cartas de su padre o de cualquiera otra persona, ni entre sí unos de otros, sin licencia del Maestre o del procurador. Después que tuviere licencia, lea la carta delante del Maestre si él quisiere. Si sus padres le enviaren algo, no se atreva a recibirlo sin consentimiento del Maestre. Esta regla no habla con el Maestre ni Procurador de la casa.
XLII. Acerca hablar de la vida pasada.
Si toda palabra ociosa ocasiona pecados, ¿qué podrán responder al Juez riguroso los que hacen gala de sus vicios? Muéstralo bien el profeta. Si algunas veces conviene omitir buenas pláticas por no faltar al silencio, ¿con cuanta más razón, temiendo el castigo del pecado, se han de huir conversaciones impertinentes? Vedamos pues, y con todo esfuerzo prohibimos, que alguno de los religiosos perpetuos se atreva a referir de sí o de otros los desconciertos de su vida seglar, ni las comunicaciones que tuvo con mujeres perdidas; y si alguno oyere a otros tales palabras, hágale callar, y cuanto antes pudiere sálgase de la conversación, y no dé oídos su alma al que pregona tal confesión.
XLIII. Del recibir y gastar.
Si a alguno de los religiosos se les diese sin buscarlo, o de balde, alguna cosa, llévela al Maestre o al despensero. Pero si su padre o algún amigo le diere algo, con tal condición que haya de servir a él sólo, de ningún modo lo reciba sin licencia del Maestre. Nadie sienta que dé a otro lo que a él le presentaren, pues tenga por cierto que si de eso se enoja ofende a Dios. No se contienen en esta regla a los oficiales, a quienes toca cuidar de esto, pero son comprendidos en lo de la cota de malla.
XLIV. De los frenos de los caballos.
A todos es útil este mandato establecido por nosotros para que de aquí adelante se guarde sin excusa. Y así ningún freile se atreva a tener ni hacer frenos de lana o lino para que sirvan a sus caballos. Las riendas podrán ser de estos materiales.
XLV. Que ninguno trueque o busque cosa alguna.
Queda dispuesto que ninguno sin licencia del Maestre pueda trocar cosa alguna con otro religioso, ni buscar o pedir sino cosa de poco precio y estimación.
XLVI. Que ninguno vaya a caza de cetrería.
Opinamos que ninguno debe ir a caza de cetrería, porque no está bien a un religioso vivir tan asido a los deleites mundanos sino oír la divina palabra, estar frecuentemente en oración, y en ella confesar a Dios, con gemidos y lágrimas, cada día sus pecados. Ninguno pues vaya con hombre que caza con halcones y otras aves de cetrería, por las causas que se han dicho.
XLVII. Que ninguno mate las fieras con ballesta o arco.
Conviene a todo religioso andar modestamente, con humildad, hablando poco y a su tiempo, y sin levantar mucho la voz. Especialmente mandamos que ningún religioso profeso intente en los bosques perseguir las fieras con ballesta o arco, ni vaya a este fin con quien cazare, sino para guardarle de los pérfidos gentiles; tampoco incite los perros, ni pique al caballo con intento de coger alguna fiera.
XLVIII. Que maten siempre a los leones.
Porque sin duda se os ha fiado con especialidad a vosotros, y vivís con obligación de arriesgar vuestra vida por la de los prójimos, y borrar del mundo los infieles que persiguen al Hijo de la Virgen, y del León leemos que busca a quien tragar, y que sus garras están siempre contra todos, es preciso que las de todos estén contra él.
XLIX. Que oigan la sentencia que contra ellos se profiriere en cualquier querella.
Sabemos que son innumerables los enemigos de la santa Fe, y que procuran embarazar con pleitos a los que más los huyen. El parecer del Concilio, en esta parte, es que si alguno, en las partes orientales o en otra cualquiera, pidiere contra vosotros alguna cosa, oigáis la sentencia que dieren los jueces correspondientes y amigos de la verdad, y mandamos que sin excusa cumpláis lo que justamente se dispusiere.
L. Que esta regla se observe en todo lo demás
En todas las demás cosas que injustamente os quitaren guardad siempre la regla que antecede.
LI. Que puedan todos los religiosos militares profesos tener tierras y vasallos.
Por divina Providencia, según creemos, se comenzó por vosotros este nuevo género de Religión en los Santos Lugares, para que juntaseis con ella la milicia, y para que la Religión estuviere defendida con las armas para hacer guerra justa al enemigo. Con razón pues juzgamos que si os llamáis soldados del templo tengáis y poseáis (por el insigne y especial mérito de santidad) casas, tierras, vasallos, obreros, y los gobernéis y cobréis de ellos el tributo instituido y señalado.
LII. Que se cuide mucho de los enfermos.
Sobre todo se ha de tener gran cuidado de los religiosos enfermos, y que se les sirva como a Cristo, teniendo muy en la memoria lo que dice en el Evangelio: Estuve enfermo, y me visitasteis. Los enfermos pues se han de sufrir con tolerancia y paciencia, porque sin duda con eso se merece abundante paga de Dios.
LIII. Que se asista a los enfermos con todo lo que hubieren menester.
Mandamos encarecidamente a los enfermeros que con toda atención den lo que fuere necesario para el servicio y curación de cualquier género de enfermedades, según la posibilidad de la casa; a saber, la carne, las aves, y lo demás que sea menester hasta que estén buenos.
LIV. Que ninguno enoje a otro.
Se ha de tener mucho cuidado en no dar uno ocasión de sentimiento a otro, porque la suma clemencia unió con vínculos de hermandad y amor igual a ricos y pobres.
LV. De qué suerte se han de recibir los casados que quisieren entrar en la hermandad.
Permitimos que recibáis en el número de los religiosos a los casados, pero con estas condiciones: que si desean ser participantes del beneficio de vuestra hermandad y comunicación, los dos ofrezcan, para después de su muerte, a la comunidad del capítulo parte de su hacienda y todo lo que adquirieren en este tiempo. Mientras vivan conserven honestidad de vida, y procuren el bien de sus hermanos; pero no lleven el vestido blanco. Si el marido muriere primero, deje su parte a los religiosos sus hermanos, y su mujer se sustente con la otra. Pero tenemos por inconveniente que estos hermanos casados vivan en una misma casa con los que tienen hecho voto de castidad.
LVI. Que fuera de éstas, no se admitan de aquí en adelante otras hermanas.
Peligroso es asociar con vosotros, fuera de las dichas, algunas hermanas, porque el enemigo maligno echó a muchos del camino derecho del Cielo por la conversación con mujeres. Y así, hermanos carísimos, para guardar en su flor la pureza, no se permita de aquí en adelante ese trato y comunicación.
LVII. Que los religiosos templarios no traten con descomulgados.
Temed mucho, hermanos, y prevenid que ninguno de los soldados de Cristo comunique con algún excomulgado en público ni en secreto, ni frecuente sus casas, porque no le comprenda la misma excomunión. Pero si sólo estuviere suspenso, bien podrá comunicar con él y favorecer sus negocios.
LVIII. Cómo se han de recibir los soldados seglares.
Si algún soldado de vida perdida y estragada, u otro cualquier seglar, quisiere renunciar al siglo y sus vanidades, y pidiere ser recibido en vuestra compañía, no se le conceda luego lo que pide, sino, según enseña San Pablo, examínese el espíritu si es de Dios, y de esta suerte sea recibido en la Orden. Léase la regla en su presencia, y si prometiere obedecer con cuidado lo prevenido en ella, (si al Maestre y a los religiosos les pareciera bien el recibirle) convocados y juntos los hermanos, descúbrales y exponga con intención pura su petición y deseo. Después, empero, esté al arbitrio del Maestre el tiempo que haya de permanecer para acabar de probar su vocación, que será con arreglo al género de vida del que solicita ser recibido.
LIX. Que no se llamen todos los religiosos para las juntas secretas.
Mandamos que no se convoquen todos los freiles a consulta, sino solamente a aquellos que al Maestre le parecieren de buen juicio y prudencia. Pero cuando se tratare de otras cosas mayores, como es dar una encomienda, discutir sobre las cosas de la Orden, o recibir algún religioso, entonces, si al Maestre le pareciere convenir, llame toda la congregación, y oído el parecer de todo el capítulo, sígase lo que juzgare mejor el Maestre.
LX. Que recen sin hacer ruido.
Mandamos de común parecer que recen conforme el fervor o devoción de cada uno, sentados o en pié, pero con suma reverencia, con modestia, y sin ruido para no estorbar a los otros.
LXI. Que se tome juramento a los que sirven.
Sabemos que muchos de diversas provincias, así escuderos como criados, desean con pura intención dedicarse por toda su vida al servicio de las almas en vuestras casas. Y así conviene que les toméis por juramento su fe y palabra, no sea que el enemigo ejercitado en hacernos guerra les persuada alguna cosa indigna del servicio de Dios, o los aparte arrebatadamente de su buen propósito.
LXII. Que los muchachos, mientras lo fueren, no se reciban entre los religiosos templarios.
Aunque la regla de los Santos padres permite recibir en los monasterios a los muchachos, no nos parece bien que vosotros os encarguéis de ellos. Pero si alguno quisiere dedicar algún hijo suyo o pariente a esta religión militar, críele hasta que tenga edad para echar esforzadamente, con las armas en la mano, de la Tierra Santa a los enemigos de Cristo. Después, conforme a la Regla, el padre o los parientes llévenle delante los religiosos, y representen a todos juntos su petición, porque mejor es no hacer en la edad primera los votos, que faltar a ellos después en edad madura.
LXIII. Que tengan siempre respeto a los ancianos.
Conviene respetar con piadosa atención a los ancianos, y sobrellevar la flaqueza de sus fuerzas, y no se les dé con cortedad lo que hubieren menester en cuanto lo permitiere la observancia de la regla.
LXIV. De los que andan por diversas provincias.
Los que fueren enviados a diversas provincias, guarden la Regla cuanto sea posible en la comida y bebida, y en todo lo demás, viviendo sin hacerse reprehensibles, para dar buen ejemplo a los seglares. No desdoren de palabra ni obra el instituto de la religión, pero principalmente procuren dar muestras de virtud y buenas obras a los que más de cerca trataren. La casa donde se hospedaren sea de buena y segura fama, y si pudiere ser no falte luz en su cuarto de noche, no sea que a oscuras, lo que Dios no quiera, algún enemigo, fiado en las tinieblas, le dé la muerte. Mandamos que vayan donde supieren que se juntan los militares no excomulgados, pretendiendo en esto no tanto el consuelo espiritual, cuanto la eterna salvación de sus almas. Constituidos pues así los hermanos, que dirigimos a las partes ultramarinas con esperanzas de aprovechamiento, tenemos por loable que a los que quisieren entrar en esta Orden militar, los reciban de esta manera. Júntense ambos delante del obispo de aquella provincia, y oiga el prelado los deseos del que pide entrar en la Orden. Oída pues la petición, el religioso le envíe al Maestre y a los freiles que viven en el Templo de Jerusalén, y si su vida es ajustada y merecedora de tal compañía, recíbanle con toda piedad, si así le pareciere al Maestre y religiosos. Si en este tiempo muriere, hágansele los sufragios como a hermano de esta Orden militar de Cristo, en recompensa de sus trabajos y fatigas.
LXV. Que el sustento se dé a todos con igualdad.
Conviene que a todos los religiosos se les dé el sustento necesario, según la posibilidad de la casa, y con igualdad, porque no parece bien la excepción de personas, bien que es muy necesaria la atención a los que padecen algunos achaques.
LXVI. Que los caballeros templarios posean diezmos.
Creemos que habiendo dejado las muchas riquezas que poseíais os sujetasteis a la pobreza voluntaria. Y así a vosotros, que vivís en comunidad, os concedemos que poseáis algunos diezmos de esta manera. Si el obispo quisiere daros algunos de su iglesia por amor de Dios, de consentimiento de todo el Capítulo se os debe dar a vosotros de aquellos diezmos que se sabe posee la iglesia. Pero si cualquier seglar os quisiere dar la décima parte de su hacienda, obligándola a tal cantidad, sólo con licencia del que presida y de su voluntad, y no a la del Capítulo, se debe distribuir.
LXVII. De los pecados mortales y veniales.
Si alguno en la conversación o en la campaña cayere en alguna falta leve, de su propia voluntad la descubra al Maestre para satisfacer por ella. Culpas ligeras, sino fueren muy frecuentes, castíguense con leve penitencia. Pero si, callando él su culpa, otro se la avisare al Maestre, castíguese con mayor y más rigurosa pena. Mas si la culpa fuere grave, sepáresele de la Comunidad de los demás religiosos, no coma con ellos sino aparte, sujeto en todo a la disposición y arbitrio del Maestre para quedar libre y seguro en el día del juicio.
LXVIII. Por qué delito han de ser despedidos.
Se ha de prevenir primeramente que ninguno flaco, esforzado, poderoso o pobre, si pretendiere sobreponerse y aventajarse a los demás, quede sin castigo. Si no se corrigiere, désele mayor penitencia. Pero si con avisos suaves y amonestaciones no quisiere enmendarse, antes bien se desvaneciere más y más, ensoberbeciéndose, entonces échenle del piadoso rebaño de Cristo, siguiendo al Apóstol que dice: Arrojad de vuestra compañía al malo. Forzoso es arrojar la oveja pestilente de la comunidad de los fieles. El Maestre pues, que tiene el báculo y la vara en la mano (báculo para sustentar los flacos, vara para castigar con celo santo los delitos) no se resuelva a castigar sino con parecer del Patriarca, y habiéndolo encomendado a Dios, no sea, como dice el Máximo, que la demasiada blandura relaje el justo rigor, o la demasiada aspereza desespere los delincuentes.
LXIX. Que desde Pascua hasta todos Santos no vistan sino una camisa de lino.
Por atender al mucho calor que hace en esas partes orientales, dese desde Pascua de Resurrección hasta todos Santos una camisa de lino, y no más, no por obligación, sino por gracia o indulgencia a cada uno, o a aquel digo que quisiere usar de ella. Pero en lo demás del año todos vistan camisas de lana.
LXX De lo preciso para las camas.
De común parecer mandamos que si no es con grave ocasión duerma cada uno en cama aparte. Tenga cada uno su lecho decente, según la disposición del Maestre. Parécenos que basta a cada uno un colchón, almohada y manta. A quien le faltare alguna de estas tres cosas, désele un cobertor o cubrecama y en todo tiempo se le permite una sábana de lino. Ninguno duerma sin camisa ni calzoncillos. Nunca falte luz en el dormitorio de los hermanos.
LXXI. Del evitar la murmuración.
Mandamos que huyáis la emulación, envidias, y murmuraciones como de perniciosísima peste. Procure pues cada uno no culpar ni murmurar de su hermano en ausencia, conforme al consejo del Apóstol: No seas acriminador ni murmurador en el pueblo. Cuando supiere claramente que su hermano ha caído en alguna falta, repréndale a solas y con caridad fraterna y pacífica, para cumplir con lo que manda el Señor. Si no hiciere caso de él, llame a otro para el mismo efecto. Si despreciare el aviso de entrambos, avísele delante de toda la Comunidad, porque sin duda están muy ciegos los que murmuran de otro, y muy desgraciados los que son envidiosos y vienen a caer en los lazos de nuestro antiguo y engañoso enemigo.
LXXII. Que huyan los abrazos de cualquier mujer.
Peligroso es atender con cuidado el rostro de las mujeres; y así ninguno se atreva a dar ósculo a viuda ni doncella, ni a mujer alguna, aunque sea cercana en parentesco, madre, hermana, ni tía. Huya la caballería de Cristo los halagos de la mujer, que ponen al hombre en el último riesgo, para que con pura vida y segura conciencia llegue a gozar de Dios para siempre.
Amen.

EL CANTAR DE LOS CANTARES COMO PAN ESPIRITUAL

"Sermones sobre el Cantar de los Cantares. Obras Completas de San Bernardo. Tomo V". 
Traducción de Iñaki Aranguren. Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1987. 


I. 1- A Vosotros, hermanos, deben exponerse otras cosas que a los mundanos, o al menos de distinta manera. A ellos debe ofrecerles leche y no comida, el que en su magisterio quiera atenerse al modelo del Apóstol (1). Pero también enseña con su ejemplo a presentar alimentos más sólidos para los espirituales, cuando dice: "Hablamos no con el lenguaje del saber humano, sino con el que enseña el Espíritu, explicando temas espirituales a los hombres de espíritu". E igualmente: "Con los perfectos exponemos un saber escondido", como pienso que ya sois vosotros sin duda. A no ser que os hayáis entregado en vano durante tanto tiempo a la búsqueda de las cosas espirituales, dominando vuestros sentidos y meditando día y noche la ley de Dios. Abrid la boca no para beber leche, sino para masticar pan. Salomón nos ofrece un pan magnífico y muy sabroso por cierto: me refiero al libro titulado el Cantar de los Cantares. Si os place, pongámoslo sobre la mesa y partámoslo. 2- Si no me engaño, la gracia de Dios os ha enseñado suficientemente a conocer este mundo y despreciar su vacío mediante la palabra del Libro del Eclesiastés. ¿Y el Libro de los Proverbios? ¿No habéis hallado en él la doctrina necesaria para enmendar e informar vuestra vida y vuestras inclinaciones? Saboreados ya estos dos libros en los que habéis recibido del arca del amigo los panes prestados, acercaos también a tomar este tercer pan, el que mejor sabe. Hay dos únicos vicios o al menos lo más peligrosos que luchan contra el alma: el vano amor del mundo y el excesivo amor de sí mismo. Estos dos libros combaten esa doble peste: uno cercena con el escardillo de la disciplina toda tendencia desordenada y todo exceso de la carne. El otro aclara agudamente con la luz de la razón el engañoso brillo de toda gloria mundana, diferenciándolo certeramente del oro de la verdad. Es decir, entre todos los afanes mundanos y deseos terrenos, opta por temer a Dios y seguir sus mandatos. Y con toda razón. Porque ese temor es el principio de la verdadera sabiduría; y esa fidelidad, su culminación. Al fin, sabido es que la sabiduría auténtica y consumada consiste en apartarse de todo mal y hacer el bien. Además, nadie puede evitar el mal adecuadamente sin el temor de Dios, ni obrar el bien sin observar los mandamientos. 3- Superados, pues, estos dos vicios con la lectura de ambos libros, nos encontramos ya preparados para asistir a este diálogo sagrado y contemplativo que, por ser fruto de entrambos, sólo puede confiarse a espíritus y oídos muy limpios. II. De no ser así, si antes no se ha enderezado la carne con el esfuerzo de la ascesis, sometiéndola al espíritu, ni se ha despreciado la ostentación opresiva del mundo, es indigno que el impuro se entrometa en esta lectura santa. Como la luz invade in útilmente los ojos ciegos o cerrados, así el hombre animalizado no percibe lo que compete al espíritu de Dios. Porque el Santo Espíritu de la disciplina rehuye el engaño de toda vida incontinente y nunca tendrá parte con la vaciedad del mundo, porque es el Espíritu de la verdad. ¿Podrán tener algo en común el saber que baja de lo alto y el saber de este mundo que es necedad a los ojos de Dios, o la tendencia a lo terreno, que significa rebeldía contra Dios? Pienso, por eso, que ya no tendrá motivos para murmurar el amigo que esté de paso entre nosotros, cuando haya tomado este tercer pan. 4- Mas, ¿quién lo partirá? Está aquí el dueño de la casa: reconoced al Señor en el partir del pan. ¿Quién más a propósito? No seré yo quien caiga en la osadía de arrogármelo. Dirigíos hacia mí, sí, pero no lo esperéis de mí. Yo soy uno de los que esperan; mendigo como vosotros el pan para mi alma, el alimento de mi espíritu. Pobre e indigente, llamo a la puerta del que abre y nadie cierra, ante el profundísimo misterio de este diálogo. Los ojos de todos están aguardando, Señor; los niños piden pan y nadie de lo da Lo esperan todo de tu bondad. Señor, piadoso, parte tu pan al hambriento, si te place, aunque sea con mis manos, pero con tu poder. 

Nota 1: Se refiere a San Pablo y el texto correspondiente que hallaréis en su Epístola Primera a los Corintios.



De la Loa a la Nueva Milicia, a los Soldados del Temple


He aquí otro directorio espiritual, éste para uso de los Caballeros Templarios, mitad monjes, mitad guerreros.

PROLOGO 

A Hugo, Soldado de Cristo y Maestre de su Milicia, Bernardo Abad, solo en el nombre, de Claraval, Salud y que pelee el buen combate. Una y otra vez, y hasta tres, si no me engaño, me habías pedido, carísimo Hugo, que te enderezara a ti y a tus conmilities algunas palabras de aliento, y que, si no embrazaba la lanza, vibrara al menos la pluma contra el tirano enemigo. Y siempre me asegurabas que os había de ser gran estímulo el que, a no ser posible ayudarnos con las armas, os exhortara y animara con mis escritos. Tarde algún tiempo en satisfacer a tus deseos, no porque desdeñase la petición, sino temiendo que, si la aceptaba, me culpasen de precipitado y ligero, puesto que, pudiendo hacerlo cualquier otro mejor, presumía yo de poder salir airoso de tal empresa, y así estorbaba el fruto que podía sacarse de cosa tan necesaria. Mas al ver que mi larga demora de nada me servía, pues insistías una y otra vez, al bien que por incompetencia, me he decidido a hacer lo que estaba en mí. El lector juzgará si he satisfecho sus deseos. Aunque ciertamente, como no he escrito este opúsculo sino por contentarte y acceder a lo que me pedías, no me preocupa gran cosa el que agrade a quienes lo leyeren.

CAPÍTULO I 
Elogio de la Nueva Milicia 

Oyese decir que un nuevo género de milicia acaba de nacer en la tierra, y precisamente en aquella región donde antaño viniera a visitarnos en carne el Sol Oriente, para que allí mismo donde El expulsó con el poder de su robusto brazo a los príncipes de las tinieblas extermine ahora a los satélites de aquellos, hijos de la infidelidad y de la confusión, por medio de estos fuertes suyos, rescatando también al pueblo de Dios y suscitando un poderoso Salvador en la casa de David su ciervo. Si, un nuevo género de milicia ha nacido, desconocido en siglos pasados, destinado a pelear sin tregua un doble combate contra la carne y sangre y contra los espíritus malignos que pueblan los aires. Cierto, cuando veo combatir con las solas fuerzas corporales a un enemigo también corporal, no solo no lo tengo por caso maravilloso, pero siquiera lo juzgo raro. Cuando observo igualmente como las fuerzas del alma guerrean contra los demonios, tampoco me parece esto asombroso, aunque si muy digno de loa, pues lleno está el mundo de monjes, y todos suelen sostener estas luchas. Mas cuando se ve que un solo hombre cuelga al cinto con ardimiento y coraje su doble espada y ci ñe sus lomos con un doble cíngulo, ¿quién no juzgará caso insólito y digno de grandísima admiración? Intrépido y bravo soldado aquel que, mientras reviste su cuerpo con coraza de acero, guarece su alma bajo la loriga de la fe; puede gozar de completa seguridad, porque pertrechado con estas dobles armas defensivas, no ha de temer a los hombres ni a los demonios. Es mas ni siquiera teme a la muerte, antes la desea. ¿Qué podría espantarle ni vivo ni muerto, cuando su vivir es Cristo; pero desearía mas bien acabar de soltarse del cuerpo para estar con Cristo, siendo esto lo mejor. Marchad, pues, soldados, al combate con paso firme y marcial y cargad con ánimo valeroso contra los enemigos de Cristo, bien seguros de que ni la muerte ni la vida podrán separarlos de la caridad de Dios, que está en Cristo Jesús. En el fragor del combate proclamad: Ya vivamos, ya muramos, del Señor somos. ¡Cuán gloriosos vuelven al regreso triunfal de la batalla! ¡por cuán dichosos se tienen cuando mueren como mártires en el campo de combate! Alégrate, fortísimo atleta, si vives y vences en el Señor; pero regocíjate mas y salta de alegría si mueres y te unes al Señor. La vida te es ciertamente provechosa y de gran utilidad, y el triunfo te acarrea verdadera gloria; pero no sin gran razón se antepone a todo eso una santa muerte. Porque si son bienaventurados los que mueren en el Señor, ¡cuánto mas lo serán los que sucumben por El! Verdad certísima es que, ya los visite en el lecho, ya los sorprenda en el fragor del combate, siempre será preciosa en el acatamiento del Señor la muerte de sus santos. Pero en el ardor de la refriega será tanto mas preciosa cuanto mas gloriosa. ¡Oh vida segura cuando va acompañada de buena conciencia! ¡Oh vida segurísima, repito, cuando ni siquiera la muerte se espera con recelo, antes se la desea con amorosas ansias y se las recibe con dulce devoción! ¡Oh verdaderamente santa y segura milicia, libre de aquel doble peligro que con frecuencia suele espantar a los hombres cuando no es Cristo quien los pone en la pelea! ¡Cuantas veces, al trabar combate con tu enemigo, tu, que militas en los ej ércitos del siglo, has de temer que, matándole a él en el cuerpo, matas también tu alma. O que, siendo tu muerto por el acero de tu rival, pierdas juntamente la vida del alma y la vida del cuerpo! Porque no es por el resultado material de la lucha, sino por los sentimientos del corazón por lo que juzgamos los Cristianos acerca del riesgo corrido en una guerra o de la victoria ganada; porque si la causa es buena, no podrá ser nunca malo el resultado, sea cual fuere el éxito, así como no podrá tenerse por buena la victoria al final de la campaña, cuando la causa por la que se inició no lo fue y los que la provocaron no tuvieron recta intenci ón. Si, queriendo dar muerte a otro, eres tu el muerto, mueres ya homicida. Y si prevaleces sobre tu contrario y, llevado del deseo de vencerle, le matas, aunque vivas, eres también homicida. ¡Infausta victoria en la que, triunfando del hombre, sucumbes al pecado! Y si la ira o la soberbia te avasallan, vanamente galleas por haber dominado a tu contrincante. Dase otro caso, amén de los dichos, y es el de quien mata, no por celo de venganza, ni por la perversidad de gozar del triunfo, sino por evitar el mismo la muerte. Pero tampoco diré sea buena tal victoria; porque de entre dos males, como son la muerte del alma o la muerte del cuerpo, preferible es el segundo; pues no porque muera el cuerpo muere también el alma, sino el alma que pecare, ella morirá.



CAPÍTULO II 
De la Milicia Seglar

 ¿Cuál será, pues, el fino fruto de lo que no llamo milicia, sino milicia seglar, si el que mata peca mortalmente y el que cae muerto perece para siempre? Porque si la esperanza hace arar al que ara, por emplear palabras del Apóstol, y el que trilla lo hace esperando percibir el fruto, ¿Qué extraño error es ese en que vivís, soldados del siglo? ¿Qué furia frenética e intolerable os arrebata para que de tal modo guerreéis pasando grandes penalidades y gastando toda vuestra hacienda, sin mas resultado que venir a parar en el pecado o en la muerte? Vestís vuestros caballos con sedas; colgáis de vuestras corazas y lorigas no se que aironcillos colgantes de diversas telas; pintáis las astas de las adargas, las fundas de los escudos y rodelas, las sillas de montar; mandáis haceros de oro y plata los frenos y espuelas, esmaltándolos de pedrería, y así, con toda pompa, llenos de vergonzoso furor e imprudente estupor, cabalgáis a paso ligero hacia la muerte. ¿Son estas insignias militares o mas bien galas de mujeres? ¿Acaso la daga enemiga retrocederá ante el brillo del oro? ¿Respetará las ricas piedras? ¿No se atreverá a tajar y rasgar las sederías? En fin, ¿No os ha enseñado a vosotros mismos la experiencia diaria que para un soldado en campaña los mas necesario son tres cosas, conviene a saber: valor, Sagacidad y cautela para parar los golpes del enemigo, soltura y agilidad de movimientos que le permita ir ligero en su seguimiento y persecución, y, por último, que esté siempre pronto y expedito para herirle y derribarle? A vosotros os vemos, por el contrario, cuidar con esmero vuestra cabellera al estilo mujeril, lo cual redunda en perjuicio de vuestra vista en el estruendo de la guerra; os envolvéis con luengos camisones que os llegan hasta los pies y os traban; y, en fin, sepultáis en amplios y complicados manguitos vuestras manos delicadas y tiernas. Sobre todo esto añadid lo que mas puede amedrentar la conciencia de un soldado que sale a campaña, quiero decir, el motivo liviano y frívolo por el cual tuvo la imprudencia de meterse en milicia tan peligrosa. Porque bien cierto es que todas vuestras diferencias y guerras nacen solo de ciertos arrebatos de ira, o de vanos deseos de gloria, o de ambición por conquistar alguna ventaja terrena. Y por tales motivos, cierto que no se puede con segura conciencia ni matar ni ceder.

CAPÍTULO III 
De los Soldados de Cristo 

Mas los soldados de Cristo con seguridad pelean las batallas del Señor, sin temor de cometer pecado por muerte del enemigo, ni por desconfianza de su salvación en caso de sucumbir. Porque dar o recibir la muerte por Cristo no solo no implica una ofensa a Dios ni culpa alguna, sino que merece mucha gloria; pues en el primer caso, el hombre lucha por su Señor, y en el segundo, el Señor se da al hombre por premio, mirando Cristo con agrado la venganza que se le hace de su enemigo, y todavía con agrado mayor se ofrece el mismo por consuelo al que cae en la lid. Así, pues, digamos una y mas veces que el Caballero de Cristo mata con seguridad de conciencia y muere con mayor confianza y seguridad todavía. Ganancia saca para sí, si sucumbe, y triunfo para Cristo, si vence. No sin motivo lleva la espada al cinto. Ministro de Dios es para castigar severamente a los que se dicen sus enemigos; de Su Divina Majestad ha recibido el cero, para castigo de los que obran mal y exaltación de los que practican el bien. Cuando quita la vida a un malhechor no se le ha de llamar homicida, sino malicida, si vale la palabra, ejecuta puntualmente las venganzas de Cristo sobre los que obran la iniquidad, y con razón adquiere el título de defensor de los cristianos. Si le matan, no decimos que se ha perdido, sino que se ha salvado. La muerte que da es para gloria de Cristo, y la que recibe, para la suya propia. En la muerte de un gentil puede gloriarse un cristiano porque sale glorificado Cristo; en morir valerosamente por Cristo muéstrase la liberalidad del Gran Rey, puesto que saca a su Caballero de la tierra para darle el galardón. Así, pues, el justo se alegrará cuando el primero de ellos sucumba, viendo aparecer la divina venganza. Mas si cae el guerrero del Señor, dirá: ¿Acaso no habrá recompensa para el justo? Cierto que si, pues hay un Dios que juzga a los hombres sobre la tierra. Claro está que no se habría de dar muerte a los gentiles si se los pudiese refrenar por otro cualquier medio, de modo que no acometiesen ni apretasen a los fieles y les oprimiesen. Pero por el momento vale mas acabar con ellos que no dejar en sus manos la vara con que habían de esclavizar a los justos, no sea que alarguen los justos sus manos a la iniquidad. Pues ¿ Qué? Si no es lícito en absoluto al Cristiano herir con la espada, ¿Cómo el Pregonero de Cristo exhortaba a los soldados a contentarse son la soldada, sin prohibirles continuar en su profesión? Ahora bien, si por particular providencia de Dios se permite herir con la espada a los que abrazan la carrera militar, sin aspirar a otro genero de vida mas perfecto, ¿A quién, pregunto yo, le será mas permitido que a los valientes, por cuyo brazo esforzado retenemos todavía la fortaleza de la ciudad de Sión, como valuarte protector a donde pueda acogerse el pueblo santo, guardián de la verdad, después de expulsados los violadores de la Ley Divina? Disipad, pues, y deshaced sin temor a esas gentes que solo respiran guerra; haced tajos a los que siembran entre vuestras filas el miedo y la duda; dispersad de la ciudad del Señor a todos los que obran iniquidad y arden en deseos de saquear todos los tesoros del pueblo cristiano encerrados en los muros de Jerusalem, que solo codician apoderarse del santuario de Dios y profanar todos nuestros santos misterios. Desenváinese la doble espada, espiritual y material, de los cristianos, y descargue con fuerza sobre la testuz de los enemigos, para destruir todo lo que se yergue contra la ciencia de Dios, o sea, contra la fe de los seguidores de Cristo; no digan nunca los fieles ¿Dónde está su Dios? Cuando ellos anden huidos y derrotados, volverá entonces a su heredad y a su casa, de la que dijo airado en el Evangelio: He aquí que vuestra casa quedará desierta y un profeta quéjase de este modo: He tenido que desamparar mi casa y templo y dejar abandonada mi heredad. Si, entonces se cumplirá aquel vaticinio profético que dice: El Señor ha redimido a su pueblo y le ha librado de las manos del poderoso; y vendrán y cantarán himnos a Dios en el monte Sión, y confluirán a los bienes del Señor. Alborózate, Jerusalem, que ha llegado el tiempo de la visita de tu Dios. Llenaos tambi én de júbilo, desiertos de Jerusalem, y prorrumpid en alabanzas, porque el Señor ha consolado a su pueblo, ha redimido su ciudad santa y ha levantado poderosamente su brazo ante los ojos de todas las naciones. Virgen de Israel, habías caído sin que hubiera quien te diese la mano para levantarte. Yérguete ya, sacúdete el polvo, ¡Virgen, cautiva hija de Sión! Levántate, repito, súbete a las almenas de tus torres y vislumbra desde allí los ríos caudalosos de gozo y alegría que el Señor hace correr hacia ti. Ya en adelante no te llamarán "la abandonada", ni tu tierra no se verá por mas tiempo desolada, porque el Señor se ha complacido en ti y tornarás haber repoblado tus campos. Vuelve tus ojos en torno y mira: todos estos se congregaron para venir a ti. He aquí el socorro que te ha sido enviado de lo alto. Por ellos te será cumplida la antigua promesa: te pondré para la gloria de los siglos y gozo de generación en generación; mamarás la leche de las naciones y te criarán pechos de reyes. Y también: como la madre acaricia a sus hijitos, así yo os consolaré y en Jerusalem serás consolado. ¿No ves con cuantos testimonios antiguos queda aprobada vuestra milicia y como se cumplen ante vuestros ojos los oráculos alusivos a la ciudad de las virtudes del Señor? Pero con tal que el sentido literal no impida el que entendamos y creamos en el espiritual, y que la interpretación que ahora en la tierra damos a las palabras de los profetas no obste para que esperemos verlas cumplidas en la eternidad gloriosa; no sea que por lo que vemos se nos desvanezca lo que dice la fe, y por lo poco que tenemos perdamos la esperanza en las riquezas copiosas, y, en fin, por la certeza de lo presente olvidemos lo futuro. Por lo demás, la gloria temporal de la Jerusalem terrena no solo se destruye o disminuye los goces que tendremos en la celestial, sino que los aumenta, si tenemos bastante fe y no dudamos que esta de aquí abajo solo es figura de la de los cielos, que es madre nuestra.

CAPÍTULO IV 
Del modo de vivir de los Soldados de Cristo 

Mas para imitación o confusión de nuestros soldados que no militan ciertamente para Dios, sino para el diablo, digamos brevemente cual ha de ser la vida y los hechos de los Caballeros de Cristo y como se han de haber en tiempo de paz y en días de guerra, para que se vea claramente cuanta es la diferencia entre la milicia del siglo y la de Dios. Y ante todo, tanto en una como en otra dase grandísima importancia a la obediencia y tiénese a mucha gala la disciplina, sabiendo todos cuanta verdad se encierra en aquellos de la Escritura: el hijo indisciplinado perecerá. Y en aquello otro: El desobedecer al Señor es como el pecado de magia, y como crimen de idolatría el no querer someterse. Van, pues, y vienen estos buenos soldados a una señal del mando, pónense los vestidos que ordena el Capitán, no toman alimento ni visten uniforme fuera de los señalados por él. Y lo mismo en el comer que en el vestir evitan todo lo superfluo, contentos con lo preciso. Hacen vida común dentro de alegre, pero modesta y sobria camarader ía, sin esposas y sin hijos. Para que nada falte a la perfección evangélica, no poseen nada propio, pensando solo en conservar entre si la unión y la paz. Dijereis que toda aquella multitud de hombres tiene un solo corazón y una sola alma; hasta tal punto ninguno de ellos quiere regirse por su propia voluntad, si no seguir en todo la del que manda. Jamás están ociosos ni vagan de aquí para allá en busca de curiosidades, sin oque en todo tiempo, de no estar en campaña, lo que raras veces ocurre, a fin de comer el pan de balde, ocúpanse en limpiar, remendar, desenmohecer, componer y reparar tanto las armas como los vestidos, para defenderlos y conservarlos contra los ultrajes del tiempo y del uso; y cuando esto no, obedecen a lo que les ordena el capitán y trabajan en lo que es necesario para todos. No les veréis hacer acepción de personas; respetan y obedecen siempre al representante de Dios, sin reparar en si es o no es el mas noble. Previénense mutuamente con muestras de honor y de deferencias, comportan las cargas unos de otros, cumpliendo con esto la Ley de Cristo. No se estilan entre ellos palabras arrogantes, ni ocupaciones inútiles, ni risas descompuestas, ni la mas leve murmuración; y si alguno de desmandase en esto, no quedar ía sin correctivo. Aborrecen los juegos de manos y los de azar; tampoco se dedican a la caza ni se permiten la cetrería, aunque tan generalizada. Abominan de juglares, de magos y bufones, cuyo trato evitan con cuidado; detestan las tonadillas jocosas, las comedias y todo linaje de espectáculos, como a puras vanidades y necedades engañosas. Córtanse el pelo, sabiendo por las enseñanzas del apóstol que es una vergüenza para los hombres el peinar largas guedejas. Nunca se acicalan el cabello, rara vez se bañan, andan con la barba hirsuta, generalmente cubiertos de polvo y ennegrecidos por las cotas de malla y tostados por el Sol. Al acercarse el combate, ármanse de fe en su alma y cúbranse por fuera de hierro, no de oro, a fin de que así, bien pertrechados de armas, no engalanados con joyas, infundan miedo a sus enemigos sin provocar su codicia. Buscan caballos fuertes y veloces, no hermosos y bien enjaezados, pensando mas en vencer que en lozanear, y lo que desean no es precisamente causar admiración y pasmo, sino turbación y miedo. Y a punto de comenzar la pelea, no se lanzan a ella impetuosos y turbulentamente, como empujados por la precipitación, sino con suma prudencia y exquisita cautela, ordenándose todos en columna cerrada para presentar batalla, según leemos, que solía hacerlo el pueblo de Israel. Mostrándose en todo verdaderos israelitas, se adelantan al combate pacífica y sosegadamente. Pero apenas el clarín da la señal de ataque, dejando súbitamente su natural benignidad, parecen gritar con el salmista: ¿No he odiado, Señor, a los que te aborrecían? ¿No me he requemado ante la conducta de tus enemigos? Y así cargan sobre sus adversarios, cual si entrasen en un rebaño de corderos, sin que, a pesar de su escaso número, se intimiden ante la cruelísima barbarie e ingente muchedumbre de las huestes contrarias. Y es que aprendieron ya a confiar no en sus propias fuerzas, sino en el poder del Señor Dios de los ejércitos, en quien está la victoria, el cual, según se dice en los Macabeos, puede fácilmente por medio de un puñado de valientes acabar con grandes multitudes, y sabe librar a sus soldados con igual arte de las manos de pocos como de muchos; porque no está el triunfo en que un ejército sea numeroso, sin oque la fortaleza proviene del cielo. Experiencia frecuentísima tienen de esto, porque mas de una vez les ha ocurrido derrotar y ahuyentar al enemigo, peleando uno contra mil y dos contra diez mil. En fin, estos Soldados de Cristo, por modo maravilloso y singular, muéstranse tan mansos como corderos y tan fieros como leones, no sabiéndose si se les ha de llamar monjes o guerreros o darles otro nombre mas propio que abarque entrambos, pues aciertan a hermanar la mansedumbre de los unos con el valor y la fortaleza de los otros. Acerca de todo lo cual, ¿Qué decir, sino que todo esto es obra de Dios, y obra admirable a nuestros ojos? He aquí los hombres fuertes que el Señor ha ido eligiendo desde un confín a otro del mundo, entre los mas bravos de Israel para hacerlos soldados de su escolta, a fin de guardar el lecho del verdadero Salomón, o sea el Santo Sepulcro, en cuyo derredor los ha puesto para estar alertas como fieles centinelas armados de espada y habilísimos en el arte de la guerra.


Bibliografía

Ensayo sobre la Historia de la Orden de los Templarios


De autor desconocido y traducido por Victor Cordero.
Lulu Ediciones USA, 206 páginas
Publicaciones: Alemania 1779, Francia 1840, España 2011
Género HistóricoEl Legado Templario
Traducción al español de un libro original de 1779, publicado en alemán y traducido al francés en 1840.La versión española es traducción sobre la versión francesa. El libro recoge múltiples datos de documentos del archivo oficial de la Orden del Temple, restaurada por el Duque de Orleans, Regente de Francia. Estos documentos han desaparecido en gran parte durante la revolución francesa. Es una historia documentada y, al mismo tiempo, un sentido alegato en favor a la maravillosa institución de la Orden del Temple.

Tiene cuatro partes:

• Hechos de los Templarios: Historia personal de cada uno de los 27 Grandes Maestres de la
primera época, especialmente en lo referido a sus actuaciones en Tierra Santa.
• Destrucción de los templarios: Confrontación entre la historia como fue comentada y como
sucedió en realidad. Emocionada defensa contra la injusticia producida.
• Observaciones sobre el ensayo: desmontando algunas teorías masónicas sobre los Templarios.
• Anexos: Diez tablas, que incluyen desde la Tabula Aurea y la Carta de Transmisión hasta las
menos fiables sobre los sucesivos Maestres de la orden hasta 1840, con algunos apuntes sobre
las grandes familias de las que provenían.

No se conoce el nombre del autor del libro. Honor a su memoria. A pesar de la gran cantidad de datos que aporta, está organizado casi como una narración novelesca, de muy agradable lectura. Tiene el gran valor de haber tenido acceso a documentos que hoy han desaparecido y que no nos han llegado o nos han llegado por
segundas y terceras versiones.

Es una de las mejores síntesis históricas de la época fundacional de la Orden. En las "Observaciones sobre el ensayo", realizadas por un miembro también desconocido de la Orden, se afronta el tema de cómo algunas organizaciones templarias derivaron hacia la masonería.



Colección Secretum Templi


Coedición de los Archivos Departamentales de la Côte D’Or y Ediciones Grial .
Facsímil de la Regla Primitiva del Temple - Cartas de los Últimos Templarios
Epistolario Íntegro de Jacques de Molay - Libro de Estudio
Edición Facsímil
El Legado Templario
 Manuscrito en francés antiguo custodiado en los Archivos Departamentales de la Côte D'Or (Ms. H111 Dijon – siglo XII) hasta la fatídica fecha de 1985 en la que se robó el valioso documento original. Gracias a la previsión de los archiveros, se ha conservado una copia microfilmada con anterioridad a su expolio, donde se reproduce el texto íntegro, sus características y encuadernación; lo que ha permitido recuperarlo en edición facsímil. – Plena piel – 22x15 cm.

Esta regla primitiva se escribió en latín, hecho que muy pronto crearía un importante problema entre los miembros de la Orden del Temple, pues no habían sido formados como clérigos, sino como soldados defensores de los Santos Lugares y no eran capaces, en la mayoría de los casos, de leerla. Tal cuestión determinó su traducción al francés, pues Francia acogía en un principio el más importante contingente templario. Los numerosos artículos regulan la disciplina en su vida monacal, la vestimenta, las normas jerárquicas de la Orden, el número de sirvientes, caballos y escuderos a los que tenía derecho cada miembro, cómo acampar, la elección de Maestre, la vida conventual en periodos de paz, la importancia del dictamen y la experiencia de los ancianos de la Orden y un sin fin de artículos que fueron completando La Regla Primitiva. De éstos cabe destacar, la amplia relación de penitencias y las 9 infracciones por las que podía ser expulsado un caballero, así como el curioso capítulo de "Acogida".


Reproducción facsímil de 30 cartas manuscritas de los últimos caballeros templarios. Custodiadas en el Archivo de la Corona de Aragón (Barcelona, España), pese a la orden real de ser interceptadas y destruidas. En ellas se reproduce la angustiosa incertidumbre que sufrieron durante el exterminio de la Orden.

Reproducción facsímil de 20 cartas que el último Maestre general de la Orden Jacques de Molay mantuvo con el rey Jaime II de Aragón (escritas en latín y provenzal). Custodiadas en el Archivo de la Corona de Aragón.

Estudio histórico y codicológico, a cargo de Carlos Alvar Ezquerro (catedrático de Filología Románica en la Universidad de Alcalá de Henares). Texto de la Regla primitiva del Temple y Estatutos Jerárquicos, con ilustraciones de José Aguilar. Estudio científico y transcripción del epistolario de Jacques de Molay y de las cartas manuscritas de los templarios, a cargo de Rafael Conde Delgado de Molina y Ramón J. Pujades i Bataller (paleógrafos y archiveros facultativos del ACA). – Rústica – 31x23 cm. – 168 págs.



El Legado templario. Una historia oculta


ATIENZA, Juan G. Ediciones Robinbook. ISBN: 84-7927-022-5
Novela histórica
El Legado Templario
Buena recopilación de datos referidos a la presencia de la Orden del Temple en los reinos de lo que hoy conocemos como España y Portugal y las relaciones de la Orden con las distintas casas dinásticas y monarquías, así como de la participación de sus freires en la reconquista de los reinos cristianos. La Orden del Temple es continuadora del proyecto teocrático de la Orden del Cister, que en la península como expresión máxima al arzobispo Gelmirez y los Condados de Galicia y Portugal. La Orden asume los ideales de Cluny sublimándolos y da vigor al proyecto teocrático universal, que convertirá a Jerusalén en la capital del mundo y la Orden será el corazón y cerebro de esta gran sinárquica. España es el primer país en el que un gobernante (Ramón Berenguer III) muere siendo miembro de la Orden. La máxima expresión de este proyecto fallido - causa fundamental según el autor de la desgracia de la Orden - es Jaime I, El Conquistador.

VALORACIÓN: El libro va dirigido a apoyar la tesis del proyecto teocrático. Hugo de Payens toma e impulsa para sí y los suyos este proyecto y pone en marcha una fuerza que será centro y eje de los dos siglos siguientes. Aunque la idea es brillante y tiene una construcción coherente por parte del autor, sin embargo en varios momentos fuerza hechos y argumentos para demostrar su teoría. “El Temple hispánico ha sido, y en muchos casos sigue siendo, un hueso duro de roer, al que pocos se han atrevido aun a hincarle el diente (pag,252) El sincretismo de que se acusa a los templarios, la proximidad a la herejía, y su esoterismo, todos ellos reales, son medios para acceder a ese poder que había de permitirles establecer el gran Estado Teocrático Universal, que fue la base ideológica de la Orden, y según Atienza demuestra de alguna forma, el fundamento mismo de su existencia (pag.101) y de su ruina.


Las puertas templarias. ¿Qué se esconde tras la última puerta?


SIERRA, Javier. MR ediciones. ISIN: 84-270-3102-5
Novela histórica
Las Puertas Templarias
Un empleado de una estación de satélites es despedido por cometer un error, que no es tal error. A lo largo de la historia humana hay una línea de creencia en el ocultismo que se materializa en la lucha entre la Luz y las Sombras que enlaza las pirámides con las catedrales de Europa . La teoría es que las catedrales son una especie de tapaderas o válvulas por donde aparecen y desaparecen los protagonistas de la lucha entre las luces y las sombras. Hay un saber detrás de todo ello que reciben algunos iniciados, entre ellos los monjes del Temple.

VALORACIÓN: Hablamos de novela histórica cuando en realidad es casi más una novela policíaca, con saltos en el tiempo entre los siglos XII y XX. Novela breve, pero muy amena, de fácil lectura. Muy imaginativa, pero no hay nada más cerca de la realidad que la imaginación. El primer y segundo capítulo de la novela son una muy bien narrada referencia histórica al nacimiento de esta Orden. Las investigaciones para ver porqué se había cometido el error en la estación geoestratégica y el traslado a Francia de un misterioso cargamento, detrás del cual está también San Bernardo de Claraval, son los dos hilos conductores de la novela basados en un antiguo secreto templario que relaciona catedrales y constelaciones estelares.


El lazo púrpura de Jerusalén


Maeso de la Torre, Jesús. Debolsillo. ISIN: 978-84-8346-957-6
Novela histórica
El Lazo Purpura de Jerusalén
Novela histórica sobre el reino de Jerusalén y los cruzados Novela con una trama entretenida, en la que se mezclan toda una serie de grupos heterogéneos que convivieron en Jerusalén en la época del rey leproso y de su padre. Salta los confines del reino de Jerusalén y va desde Inglaterra a Egipto, pasando por el Reino de Navarra y llegando hasta los confines de la acción del Viejo de la Montaña. Tiene algunos errores históricos, incluso alguna traducción del latín no correcta, pero eso no quita mérito al trabajo de ambientación sobre el que se sustenta la novela. Un robo en el Temple de Londres y la desaparición del Lazo Púrpura del tercer califa (Utman ibn Affan), pone en marcha toda la trama.

VALORACIÓN: Uno de los dos personajes centrales es un Caballero de la españolísima Orden de Monte Gaudio, con amplios contactos con la Orden del Temple. La novela describe con profusión la decadencia a la que estaba llegando el Reino de Jerusalén por la cantidad de intereses personales que se ponían sobre la mesa en. En este sentido, se muestra en algunos momentos bastante crítica con la actitud, arrogante y muy a lo suyo, que, según el autor, mantuvieron los templarios en algunos momentos de la historia.


Los templarios. Una nueva historia


Nicholson, Helen. Crítica S.L. Barcelona. ISIN: 84-8432-791-1
Novela histórica
Los Termplarios. Una nueva Historia
Trabajo de investigación histórica Helen Nicholson es profesora de la Universidad de Cardiff, especializada en la historia de la Orden del Temple y su época. Hace un trabajo de investigación para intentar colocar a los caballeros del Temple en su época y contexto, además de profundizar tanto en su aspecto monástico, como militar (cómo combaten etc.). Aunque hay cosas que pueden chocar con el mito y la apreciación actual de los templarios (por ejemplo que no eran especialmente cultos ni preparados). Maneja los últimos documentos encontrados relativos a todo la historia del Temple, incluidos los del dramático proceso en el que fueron injustamente condenados. Actualmente está estudiando el juicio de los templarios en las Islas Británicas.

VALORACIÓN: Es de una lectura francamente amena, que raya en lo novelesco, aunque sin perder un ápice de calidad científica. De lo mejor que hemos leído en historia de los Templarios.


Auge y caída de los templarios, 1118-1314

Demurgier, A.
Ed. Martinez Roca. Barcelona, 1985.

Los misterios de los templarios

Probst-Biraben, J.H.
Ed. Dedalo. Buenos Aires, 1983.

Historia de las Cruzadas

Runciman, S. Ver. española G. Gleiberg
Ed. Alianza Editorial. Madrid, 1983. 
(3 volúmenes)

La vida cotidiana de los templarios

Bordonove,G.
Ediciones Temas de Hoy. Madrid, 1993.


Historia General de los Caballeros del Temple

Mateo Bruguera.
Ed. Alcántara. Madrid
(5 volúmenes)

Disertaciones históricas del orden y caballería...

Rodríguez Campomanes, P.
Edición facsimil. Valencia, 1993.


La historia de los templarios

Walker, Martin.
Edicomunicación. Barcelona, 1993.


El misterio de los templarios

Walker, Martin.
Edicomunicación. Barcelona, 1993.


El Código Templario

Upton - Ward.
Ed. Martinez Roca. Barcelona, 2000.


Lo Templario -Estado actual de la cuestión-

Gil Coma, Ramiro
Ed. Ausa. Sabadell, 1993.


Nosotros los templarios

Marion Melville
Tikal. Girona 1995


Elogio de la Nueva Milicia Templaria
- Los Templarios

Regine Pernaud
Siruela. Madrid 1994

La otra España del Temple

Rafael Alarcón
Martínez Roca. Barcelona 1988

San Bernardo Monje y Profeta

Jean Lecrerc Biblioteca Autores Cristianos. Madrid 1990